
La Felicidad como Eleccion
de Sergio Sinay
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Sinopsis:Este libro plantea un nuevo paradigma de la felicidad. Partiendo de interrogantes como ¿quién dijo que la felicidad es un derecho o una obligación?, el autor va desenmascarando a quienes conspiran contra la verdadera felicidad. Así, analiza con minuciosidad las razones por las que esta no se encuentra en la fortuna que logremos, en la pareja que armemos, en los hijos que tengamos, ni en lo bellos, jóvenes o atléticos que seamos. Con enojo visceral y sin anestesia, Sergio Sinay recorre gran parte de las recetas o fórmulas mágicas que intentan vendernos para ser felices. A cambio, esboza una nueva teoría sobre el sentimiento, partiendo de una mirada novedosa: la felicidad es una construcción personal, una elección vital que se juega en cada una de nuestras decisiones. Y propone, de este modo, un camino de construcción personal hacia una dicha posible. Una felicidad elegida y construida.
capítulo 1
¿Acaso hemos nacido para ser felices?
No la he pasado bien últimamente. Vengo de un hoyo. Por alguna razón, en los últimos dos años planeé cosas que no salieron adelante. Proyectos que no echaban a andar y creaban un ambiente negativo. Las cosas no salían como esperaba. Un día estaba tumbado en la cama y me pregunté: ¿qué hago aquí? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué nada me proporciona felicidad? Y me di cuenta de que debía cambiar lo que había hecho durante los últimos veinte o treinta años de mi vida, debía empezar a generar cosas por mí mismo.
Esta vez, Tim Robbins, el actor de Río místico, La vida secreta de las palabras y Cadena perpetua, entre otras, no estaba encarnando a ningún personaje. Hablaba por sí mismo. El director de Mientras estés conmigo y Ciudadano Bob Roberts no interpretaba la vida de otro sino la propia. Su drama era real. Venía vacío de ......
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¿Acaso hemos nacido para ser felices?
No la he pasado bien últimamente. Vengo de un hoyo. Por alguna razón, en los últimos dos años planeé cosas que no salieron adelante. Proyectos que no echaban a andar y creaban un ambiente negativo. Las cosas no salían como esperaba. Un día estaba tumbado en la cama y me pregunté: ¿qué hago aquí? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué nada me proporciona felicidad? Y me di cuenta de que debía cambiar lo que había hecho durante los últimos veinte o treinta años de mi vida, debía empezar a generar cosas por mí mismo.
Esta vez, Tim Robbins, el actor de Río místico, La vida secreta de las palabras y Cadena perpetua, entre otras, no estaba encarnando a ningún personaje. Hablaba por sí mismo. El director de Mientras estés conmigo y Ciudadano Bob Roberts no interpretaba la vida de otro sino la propia. Su drama era real. Venía vacío de ......
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capítulo 1
¿Acaso hemos nacido para ser felices?
No la he pasado bien últimamente. Vengo de un hoyo. Por alguna razón, en los últimos dos años planeé cosas que no salieron adelante. Proyectos que no echaban a andar y creaban un ambiente negativo. Las cosas no salían como esperaba. Un día estaba tumbado en la cama y me pregunté: ¿qué hago aquí? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué nada me proporciona felicidad? Y me di cuenta de que debía cambiar lo que había hecho durante los últimos veinte o treinta años de mi vida, debía empezar a generar cosas por mí mismo.
Esta vez, Tim Robbins, el actor de Río místico, La vida secreta de las palabras y Cadena perpetua, entre otras, no estaba encarnando a ningún personaje. Hablaba por sí mismo. El director de Mientras estés conmigo y Ciudadano Bob Roberts no interpretaba la vida de otro sino la propia. Su drama era real. Venía vacío de proyectos o encarando metas que le costaba sostener, que dependían de las decisiones y las inversiones de terceros o que directamente se desmoronaban gracias a su propia inconsistencia. Comenzaba 2010. Había cumplido 50 años en octubre anterior, terminaba de separarse de la actriz Susan Sarandon, luego de veintitrés años juntos y dos hijos, y, en fin, no era un hombre feliz, como se lo confesó con brutal honestidad al periodista Jesús Ruiz Mantilla.(1)
La respuesta a la pregunta por su propia felicidad no dependía de otros sino de él, se dijo Robbins. Entonces recopiló las canciones que venía escribiendo desde hacía años y a las que no había dedicado ni tanto tiempo ni tanta atención como la enorme satisfacción que le producía crearlas, y se las llevó a su amigo, el productor musical Hal Willner. Le dije que fuera crudamente sincero conmigo, que, si no merecían la pena, yo no iba a gastar ni un minuto más en ellas. Le gustaron y nos lanzamos a ello. El 27 de septiembre de 2010, presentó Tim Robbins & the Rogues Gallery Band, un disco de canciones sencillas, que cuentan historias profundas. Historias sin ruido, como las describe. He huido del ruido. Menos es más. Menos notas, menos instrumentos, menos volumen, dejar que emerja la historia en sí. Para entonces muchas de sus heridas seguían abiertas, pero Tim Robbins parecía un hombre en calma, transmitía una cierta paz. Creo que la única manera de vivir en plenitud es con la valentía suficiente para afrontar lo que se abre ante ti, las experiencias.
Nunca sabemos ni estamos del todo seguros sobre nada, reflexionaba. Sin proponérselo, y acaso sin saberlo, estaba diciendo cosas muy importantes que bien les vendría escuchar a los buscadores obsesivos de la felicidad. Tim Robbins no la había encontrado aún, y posiblemente tarde en hacerlo dada la profundidad de sus heridas, pero ya sabía que ella solo puede vislumbrarse luego de algunas travesías existenciales que no se transitan sobre lechos de rosas.
No es una lección fácil de aprender y no resulta seductora. Millones de personas siguen creyendo que hay una fórmula secreta que permite encontrar la felicidad sin dolor y sin esfuerzo y, hasta que llegan a desilusionarse, constituyen un fértil mercado para los vendedores de promesas, para los manipuladores de conciencias y para los que ven un consumidor en cada ser humano. Muchos otros, demasiados quizá, creen que la felicidad es un derecho con el que nacemos y que, además, alcanzarla es un deber. No comparto esta creencia y me extenderé más adelante en mis argumentos contra ella. Mientras tanto, son lamentables las consecuencias de los dogmas y consignas, de las promesas y leyendas que se construyen alrededor de la felicidad. Lamentables está usado aquí en el sentido literal. Hay que lamentar sufrimientos evitables, vínculos abortados, proyectos desvirtuados, sufrimientos psíquicos y emocionales, verdaderas pandemias de angustia existencial. Hay que asistir al desfile de multitudes de consumidores de psicofármacos convertidos en zombis desorientados. Hay que acostumbrarse a vivir con la música de fondo de la queja, de los continuos lamentos individuales o colectivos emitidos por quienes masiva, cuando no repetidamente, caen en lo que podemos llamar desde ya las trampas de la felicidad.
¿Hemos nacido para ser felices? Una respuesta afirmativa nos haría simpáticos y populares. Sería, también, una respuesta fácil, irresponsable y populista. Fácil porque siempre es más cómodo (aunque esa comodidad a menudo tenga altos costos) decir que sí cuando es necesario decir que no. Irresponsable porque quienes prometen la fórmula de la felicidad no suelen responder luego (con acciones, no con declaraciones) por las consecuencias del fracaso de su receta. Y populista porque el populismo es la manipulación intencionada y oportunista de deseos y aspiraciones colectivas para sacar partido de ellas. El populismo (una planta tóxica que en nuestra sociedad prende con facilidad) promete que se pueden obtener resultados sin esfuerzo, que para comer solo basta con abrir la boca para que el alimento caiga solo, que basta con pocas ideas lineales y primitivas para moverse en la vida, y que el pensamiento crítico es un lastre del que se puede prescindir a condición de abdicar definitivamente de todo razonamiento propio.
la felicidad autoritaria
Hay un populismo de la felicidad. Y cuando fácil e irresponsablemente se responde que sí, que hemos nacido para ser felices, se activa otra faceta siniestra del populismo: el autoritarismo. ¿Cómo oponerse a la afirmación de que hemos nacido para ser felices sin ser condenado a la hoguera por esta muestra de negatividad, de amargura, de pesimismo? ¿Cómo negarse a la respuesta fácil e irresponsable sin recibir el mote de depresivo, de aguafiestas, y sin ser destinado al ostracismo y la exclusión? Queda poco espacio en la cultura del éxito, de lo fácil, de lo inmediato, de lo superficial, de lo productivo, de lo redituable, del exhibicionismo, del egocentrismo, del hedonismo egoísta, para preguntarse por los fundamentos de la felicidad y explorarlos. Como todo pensamiento único, también el que afirma que la felicidad es un destino ineludible, un derecho que no nos será negado y un deber con el que cumpliremos con solo proponérnoslo, no admite retruque, no acepta preguntas, no soporta auditorías. Lo tomas o lo dejas. Y más vale que lo tomes. O serás infeliz para toda la eternidad.
De todas maneras, corramos el riesgo y preguntemos: ¿dónde dice que hemos nacido para ser felices? ¿Quién lo dijo? ¿Cuáles son las pruebas que avalan la promesa? ¿Sobre qué fundamentos se sostiene? A poco de insistir con estas preguntas, de no retirarlas apresuradamente, de persistir en ellas, es probable que descubramos que simplemente enfrentamos un dogma. El filósofo británico Alan Watts (1915-1973) establecía una lúcida diferencia entre creencia y fe. La creencia, decía, parte de la convicción de que existe una verdad y de que esta tiene una forma predeterminada. Todo lo que no tenga esa forma no es ni será verdadero. Las creencias convierten de ese modo lo que consideran verdades en dogmas. Y generan seguridad, crean la ilusión de haber desterrado la incertidumbre. La fe, por su parte, se origina en la intuición de que existe una verdad, y quienes tienen fe están dispuestos a aceptar esa verdad bajo la forma en que esta se presente. Se abre así un horizonte amplio. Desaparecen las respuestas prefabricadas y, en lugar de adaptar la realidad a la propia visión, se trata de percibirla tal como se manifiesta. La fe, aunque suene paradójico, contiene incertidumbre, abre nuevas preguntas, estimula una actitud de búsqueda permanente, induce al ejercicio de la aceptación.
Hay un dogma de la felicidad, pero, a pesar de él, se puede tener fe en que la felicidad es posible. El dogma, como suele ocurrir, cosecha fanáticos y los enceguece. Para ellos se trata de alcanzar la felicidad como sea, y no admitirán a quien se interponga en su búsqueda o a quien haga preguntas que obliguen a replanteos. Como también suele suceder, los dogmáticos no tienen pruebas de aquello que dan como verdad revelada. No ven lo que hay ante ellos, ven lo que quieren ver. Los que tienen fe en que la felicidad es posible han razonado para llegar a esa fe, se han hecho preguntas a las que respondieron con sinceridad y, a menudo, con dolor. Han atravesado situaciones difíciles, han errado y han intentado nuevamente por otros caminos, y hablan de la felicidad que conocieron, no de la que les contaron, hablan de una experiencia, no de una doctrina.
ViVir es responder
¿Hemos nacido, entonces, para ser felices o la felicidad es una de las experiencias posibles en la vida? Si hemos nacido para ser felices, se trata de esperar y, si la revelación tarda demasiado, de reclamar. Hemos nacido para ser felices, se dirá, y lo seremos más tarde o más temprano, y mejor que sea más temprano. Pero si la felicidad es una experiencia posible aunque no obligatoria, si no nos está preadjudicada, ya no se trata de reclamarla. Podría suceder que nunca llegue a nuestras vidas, y acaso su presencia, cuando se presenta, tenga mucho que ver con que hagamos las cosas de una manera y no de otra, con que hayamos tomado ciertas decisiones y no otras, con que nuestras elecciones hayan sido las que fueron y no otras. El dogma nos deja en un estado pasivo, a la espera de algo que sí o sí nos será concedido independientemente de lo que hagamos. Bajo ese dogma, la felicidad no será una consecuencia y estará desligada, por lo tanto, de toda idea de responsabilidad. Pero si salimos del paraguas protector del dogma, acaso podamos establecer una conexión entre la felicidad percibida y una manera de vivir. Es decir, entre causa y consecuencia. La felicidad no vendrá de alguna parte (o de ninguna), no nos será dada porque sí, o porque fuimos buenos. Seremos responsables de ella, de experimentarla o no en nuestras vidas.
¿Cuál es el origen de la felicidad como dogma? Volvamos a Alan Watts. En El sentido de la felicidad,(2) nos llama la atención sobre la absurda actitud humana de apreciar la juventud y desdeñar la vejez, de pretender que solo exista la alegría y no el dolor, que la vida sea independiente de la muerte y que esta sea suprimida. La vida solo puede manifestarse porque está dividida en innumerables pares de opuestos: conocemos el movimiento en contraste con la inmovilidad, lo largo por lo corto, lo claro por lo oscuro, el calor por el frío, la alegría por la tristeza. Siempre hay que repetir lo obvio porque es lo primero que olvidamos o dejamos de ver. Ver la vida en su totalidad dice Watts es entender estas cualidades opuestas como esenciales para su existencia, sin tratar de interferir, sin disecar el cuerpo del universo de modo que se puedan conservar sus porciones placenteras y desechar las que no lo son.
Los opuestos que son fundamento de la existencia no están naturalmente en lucha entre sí. Como bien lo recuerda Watts, es nuestra mente la que los pone en conflicto y los empuja a una guerra absurda, tan absurda como la que podría entablar nuestra mano derecha contra la izquierda, en el afán de eliminarse la una a la otra con el objetivo de ser la única mano del organismo. Aferrarse a la vida por temor a la muerte, obsesionarse con el placer por miedo al dolor, hacerse adicto al dinero (la riqueza) por pánico a la pobreza e inyectarse continuamente juventud (por la vía que fuere) para alejar la vejez es una manera eficaz de andar descuartizado por el mundo. La ilusión (es siempre una ilusión y jamás una realidad) de haber logrado suprimir uno de los términos de estas polaridades es una fuente de sufrimiento. En palabras de Watts: El único resultado es que a pesar de que se aferran a la vida, al placer, a la riqueza y a la juventud, tienen el sabor de la infelicidad porque, habiéndolos desmembrado para poseerlos para siempre, ya no están vivos.
Si no hay escisión posible en las polaridades, es inevitable que la muerte sea el final de la vida. Y que, también, la ennoblezca. Si la vida termina inexorablemente, lo peor que se puede hacer con ella es transitarla sin rumbo. No elegimos nacer. Nacemos. Tampoco elegimos en qué familia lo hacemos, ni en qué época de la historia, ni en qué país o continente, ni nuestro sexo, color de ojos, de pelo o de piel. Pero sí elegimos, a medida que nos desarrollamos, maduramos y adquirimos conciencia (atributo que nos hace humanos), cómo vivimos, qué hacemos de nuestra vida. Somos todos inéditos y singulares. Esto significa que no somos la repetición de nadie y que nadie puede existir por nosotros. Estas características permiten intuir que en la vida de cada individuo hay, entonces, un sentido, una razón de ser, un propósito a desentrañar.
Como cada vida es única, su sentido no puede ser descubierto por nadie más que por quien la vive. Desde esta perspectiva se puede entender lo que expresaba el médico, psiquiatra y gran pensador humanista Viktor Frankl (padre de la logoterapia, corriente terapéutica basada en la búsqueda y la comprensión del sentido existencial). Él decía que vivir es responder. Se trata de dar respuesta, a través de decisiones, elecciones y acciones a las preguntas que la vida nos hace por medio de situaciones y circunstancias. De eso trata la responsabilidad. De responder. Y una vida responsable es una vida que da respuestas. Respuestas conscientes y activas traducen lo que Frankl llamaba voluntad de sentido. Y donde se manifiesta esta voluntad, la felicidad suele ser una consecuencia.
Preguntas para responder sin atajos
Donde la voluntad de sentido está ausente, se abre un campo fértil para el dogma de la felicidad. Mientras la vida transcurre en absoluta desconexión con la idea de sentido y de trascendencia, se va instalando una sensación creciente, sorda y dolorosa (trascender es ir más allá de uno mismo, de la simple vida vegetativa que se reduce a respirar, comer, beber, dormir, aparearse, reproducirse, buscar sensaciones inmediatas y sensoriales). Esa sensación es la angustia existencial, que hunde sus raíces en el vacío de sentido. Esta angustia proviene de la conciencia que tenemos de nuestra temporalidad. Podemos acallar tal conciencia, pero no anularla. Ella nos pregunta incesante e insobornablemente: ¿para qué estás viviendo? ¿Qué te une a los otros? ¿Cómo participas y te integras a la totalidad de la que eres parte indisoluble? ¿Qué es aquello por lo cual quieres iniciar cada día de tu vida y por lo cual encuentras un sentido al final de la jornada? ¿Cómo has amado en el día de hoy, a través de qué gestos, acciones y actitudes? ¿Por qué razón, por qué pequeño acto, por qué instante de tu existencia no habrá sido lo mismo que estés o no estés en el mundo y en la vida de otros? ¿De qué manera has ido más allá de los límites de tu piel, de tus ojos, de tus manos para encontrarte con otros en acciones que dejarán el mundo un poco mejor de como lo encontraste? ¿Has podido ver más allá de tus narices? ¿Has descubierto otras presencias más allá de tu ombligo? ¿De qué manera las has honrado?
Tenemos el tiempo de una vida, la nuestra, para dar respuesta y descubrir el sentido de esa misma vida. Distraídos o ausentes, somos presa de la angustia. Ante ella, podemos responder. O podemos fugar. Buscar atajos que nos lleven lejos de las preguntas.
El dogma de la felicidad es el gran atajo. Cuando la angustia existencial asoma, cuando las respuestas se postergan (con su secuela de desasosiego e insatisfacción), se escuchan los cantos de las sirenas. Nos dicen que hay que despreocuparse de esos temas, que hay que vivir la vida, divertirse, pasarla bien, no angustiarse, pensar positivamente, luchar contra las emociones negativas, consumir lo que se ofrece sin pensar si lo necesitamos o no, priorizar los deseos por sobre las necesidades, alejarse de los amargos y pesimistas, ser optimistas. Nos ofrecen fórmulas y recetas para la felicidad. Respuestas rápidas y fáciles que nos lleven a la meta por el camino corto y, si fuera posible, sin caminar. Llegan voces engañosas que vienen a susurrarnos que la felicidad es una meta. Gurúes que, disfrazándose de santones o de filósofos, de magos o de terapeutas, nos ofrecen el maná con una sola condición: que los sigamos a ojos cerrados, sin cuestionarlos. Florecerán falsas terapias asegurándonos que, sin preguntarnos seriamente por nosotros mismos, por el sentido de nuestras vidas, por lo que hacemos con ellas podremos ser felices y no ser molestados por los otros y por su presencia, por el mundo y sus requerimientos.
Se nos ofrecerá placer y se nos tratará de convencer de que es felicidad, cuando en verdad el placer es un fin en sí mismo, que se agota una vez alcanzado y renueva de inmediato la compulsión por repetirlo, mientras la felicidad es la consecuencia del logro de otros fines y de la plasmación del sentido. Y el placer nos será ofrecido a través de relaciones sin vínculo ni compromiso, a través de estímulos materiales (muebles o inmuebles) de diferente tipo, a través de garantías de éxito y figuración social, a través de cinco segundos de inmortalidad ante una cámara fugaz, a través de un aparato electrónico o un artefacto de conexión que nos parecerán viejos a los dos minutos de habernos sentido felices por adquirirlos. Los sucedáneos de la felicidad son un gran negocio, involucran a muchas industrias, dan trabajo a miles de manipuladores de conciencias, mueven millones de dólares, son siempre transitorios y fugaces, y necesitan, para funcionar, que multitudes de infelices permanezcan angustiados y desdichados, insatisfechos y decepcionados. Son, además, un negocio inmoral porque juegan con el tiempo y la vida de las personas. Si cada uno no se hace cargo de su propia vida, esta quedará irremediablemente a merced de los mercenarios de la infelicidad.
La gente feliz es peligrosa
La promesa de la felicidad proporciona dinero y poder, según quien sea el que promete. Hay quienes buscan el dinero de los infelices; otros van por sus mentes o sus almas. Y mientras más infelices perduren, habrá mercado para todos, se trate de corporaciones, organizaciones, instituciones o gurúes individuales vestidos con el oficio o la profesión que fuere. Lo que todos ellos tienen en común, además de su absoluto desprecio por el otro como persona y la concepción de los individuos como objetos, es que instalan y fomentan la creencia de que la felicidad es un elemento externo a nosotros, algo que se gesta afuera y luego, si se consigue, se incorpora. Una suerte de artículo importado que se adquiere con dinero, con promesas, con buenas acciones, con prácticas espirituales guiadas, con cápsulas, con sustancias químicas o alcohólicas, con bisturí, con recortes, agregados y demás modificaciones corporales, con dietas mágicas, con las promesas de un oráculo, con el juramento de fidelidad a un dogma o a un profeta. Algo que llega en un auto nuevo o nos llama desde una página de Facebook, o se anuncia en alguna de las múltiples pantallas del mundo virtual en el que nos ocultamos del mundo real.
Desde esta perspectiva, la felicidad se convierte en una zanahoria inalcanzable y su promesa, en una trampa. Los tramperos necesitan que la zanahoria resulte inalcanzable y trabajan para que así sea. Un mundo de gente genuinamente feliz los dejaría sin el negocio y sin el poder. La gente feliz aprecia lo que tiene, honra lo que logra por mérito propio, vive en estado de conciencia, explora respuestas a la pregunta por el sentido de su vida y se hace cargo de las consecuencias de cada respuesta, no evita los dolores que son parte del camino, convierte los tropiezos en lecciones, crea vínculos sólidos y los sostiene en la honestidad y el compromiso emocional, no busca culpables para sus decepciones o imposibilidades, invierte tiempo, atención y afecto en el otro, prioriza lo que es por sobre lo que hace o lo que tiene, comprende a través de la experiencia que como es adentro es afuera y no al revés.
Esa gente ha aprendido a caminar sin muletas emocionales, psíquicas o espirituales, y confía en sus propios pasos. No va ciegamente detrás de alguna zanahoria y, por lo tanto, no corre el riesgo de caer en una trampa. Esa gente sabe que la felicidad verdadera no se anuncia con carteleras luminosas, no llega vestida con traje de lentejuelas, no usa maquillaje, no está envuelta en una música melosa y grandilocuente. Sabe que es una experiencia única, profunda e intransferible, que se cuece en un fuego lento y paciente, y que esa cocción no está libre de quemaduras. Antes que preguntarse dónde está la felicidad, esas personas se hacen la pregunta que, descarnadamente, se formuló Tim Robbins mientras miraba aquel techo, tumbado en aquella cama: ¿Qué me está pasando? ¿Por qué no soy feliz? Cuando salimos ansiosos a la búsqueda de la felicidad estamos preparados para que se nos ponga una zanahoria ante las narices, seremos presas fáciles de la trampa. Cuando, en cambio, nos preguntamos qué nos pasa y por qué no somos felices, planteamos un interrogante existencial. Ponemos la piedra fundamental de una tarea ineludible, la de hacernos cargo de nuestra propia vida.
Notas
1. El País Semanal, Madrid, 15 de agosto de 2010.
2. Barcelona, Ibis, 1997.
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¿Acaso hemos nacido para ser felices?
No la he pasado bien últimamente. Vengo de un hoyo. Por alguna razón, en los últimos dos años planeé cosas que no salieron adelante. Proyectos que no echaban a andar y creaban un ambiente negativo. Las cosas no salían como esperaba. Un día estaba tumbado en la cama y me pregunté: ¿qué hago aquí? ¿Qué me está pasando? ¿Por qué nada me proporciona felicidad? Y me di cuenta de que debía cambiar lo que había hecho durante los últimos veinte o treinta años de mi vida, debía empezar a generar cosas por mí mismo.
Esta vez, Tim Robbins, el actor de Río místico, La vida secreta de las palabras y Cadena perpetua, entre otras, no estaba encarnando a ningún personaje. Hablaba por sí mismo. El director de Mientras estés conmigo y Ciudadano Bob Roberts no interpretaba la vida de otro sino la propia. Su drama era real. Venía vacío de proyectos o encarando metas que le costaba sostener, que dependían de las decisiones y las inversiones de terceros o que directamente se desmoronaban gracias a su propia inconsistencia. Comenzaba 2010. Había cumplido 50 años en octubre anterior, terminaba de separarse de la actriz Susan Sarandon, luego de veintitrés años juntos y dos hijos, y, en fin, no era un hombre feliz, como se lo confesó con brutal honestidad al periodista Jesús Ruiz Mantilla.(1)
La respuesta a la pregunta por su propia felicidad no dependía de otros sino de él, se dijo Robbins. Entonces recopiló las canciones que venía escribiendo desde hacía años y a las que no había dedicado ni tanto tiempo ni tanta atención como la enorme satisfacción que le producía crearlas, y se las llevó a su amigo, el productor musical Hal Willner. Le dije que fuera crudamente sincero conmigo, que, si no merecían la pena, yo no iba a gastar ni un minuto más en ellas. Le gustaron y nos lanzamos a ello. El 27 de septiembre de 2010, presentó Tim Robbins & the Rogues Gallery Band, un disco de canciones sencillas, que cuentan historias profundas. Historias sin ruido, como las describe. He huido del ruido. Menos es más. Menos notas, menos instrumentos, menos volumen, dejar que emerja la historia en sí. Para entonces muchas de sus heridas seguían abiertas, pero Tim Robbins parecía un hombre en calma, transmitía una cierta paz. Creo que la única manera de vivir en plenitud es con la valentía suficiente para afrontar lo que se abre ante ti, las experiencias.
Nunca sabemos ni estamos del todo seguros sobre nada, reflexionaba. Sin proponérselo, y acaso sin saberlo, estaba diciendo cosas muy importantes que bien les vendría escuchar a los buscadores obsesivos de la felicidad. Tim Robbins no la había encontrado aún, y posiblemente tarde en hacerlo dada la profundidad de sus heridas, pero ya sabía que ella solo puede vislumbrarse luego de algunas travesías existenciales que no se transitan sobre lechos de rosas.
No es una lección fácil de aprender y no resulta seductora. Millones de personas siguen creyendo que hay una fórmula secreta que permite encontrar la felicidad sin dolor y sin esfuerzo y, hasta que llegan a desilusionarse, constituyen un fértil mercado para los vendedores de promesas, para los manipuladores de conciencias y para los que ven un consumidor en cada ser humano. Muchos otros, demasiados quizá, creen que la felicidad es un derecho con el que nacemos y que, además, alcanzarla es un deber. No comparto esta creencia y me extenderé más adelante en mis argumentos contra ella. Mientras tanto, son lamentables las consecuencias de los dogmas y consignas, de las promesas y leyendas que se construyen alrededor de la felicidad. Lamentables está usado aquí en el sentido literal. Hay que lamentar sufrimientos evitables, vínculos abortados, proyectos desvirtuados, sufrimientos psíquicos y emocionales, verdaderas pandemias de angustia existencial. Hay que asistir al desfile de multitudes de consumidores de psicofármacos convertidos en zombis desorientados. Hay que acostumbrarse a vivir con la música de fondo de la queja, de los continuos lamentos individuales o colectivos emitidos por quienes masiva, cuando no repetidamente, caen en lo que podemos llamar desde ya las trampas de la felicidad.
¿Hemos nacido para ser felices? Una respuesta afirmativa nos haría simpáticos y populares. Sería, también, una respuesta fácil, irresponsable y populista. Fácil porque siempre es más cómodo (aunque esa comodidad a menudo tenga altos costos) decir que sí cuando es necesario decir que no. Irresponsable porque quienes prometen la fórmula de la felicidad no suelen responder luego (con acciones, no con declaraciones) por las consecuencias del fracaso de su receta. Y populista porque el populismo es la manipulación intencionada y oportunista de deseos y aspiraciones colectivas para sacar partido de ellas. El populismo (una planta tóxica que en nuestra sociedad prende con facilidad) promete que se pueden obtener resultados sin esfuerzo, que para comer solo basta con abrir la boca para que el alimento caiga solo, que basta con pocas ideas lineales y primitivas para moverse en la vida, y que el pensamiento crítico es un lastre del que se puede prescindir a condición de abdicar definitivamente de todo razonamiento propio.
la felicidad autoritaria
Hay un populismo de la felicidad. Y cuando fácil e irresponsablemente se responde que sí, que hemos nacido para ser felices, se activa otra faceta siniestra del populismo: el autoritarismo. ¿Cómo oponerse a la afirmación de que hemos nacido para ser felices sin ser condenado a la hoguera por esta muestra de negatividad, de amargura, de pesimismo? ¿Cómo negarse a la respuesta fácil e irresponsable sin recibir el mote de depresivo, de aguafiestas, y sin ser destinado al ostracismo y la exclusión? Queda poco espacio en la cultura del éxito, de lo fácil, de lo inmediato, de lo superficial, de lo productivo, de lo redituable, del exhibicionismo, del egocentrismo, del hedonismo egoísta, para preguntarse por los fundamentos de la felicidad y explorarlos. Como todo pensamiento único, también el que afirma que la felicidad es un destino ineludible, un derecho que no nos será negado y un deber con el que cumpliremos con solo proponérnoslo, no admite retruque, no acepta preguntas, no soporta auditorías. Lo tomas o lo dejas. Y más vale que lo tomes. O serás infeliz para toda la eternidad.
De todas maneras, corramos el riesgo y preguntemos: ¿dónde dice que hemos nacido para ser felices? ¿Quién lo dijo? ¿Cuáles son las pruebas que avalan la promesa? ¿Sobre qué fundamentos se sostiene? A poco de insistir con estas preguntas, de no retirarlas apresuradamente, de persistir en ellas, es probable que descubramos que simplemente enfrentamos un dogma. El filósofo británico Alan Watts (1915-1973) establecía una lúcida diferencia entre creencia y fe. La creencia, decía, parte de la convicción de que existe una verdad y de que esta tiene una forma predeterminada. Todo lo que no tenga esa forma no es ni será verdadero. Las creencias convierten de ese modo lo que consideran verdades en dogmas. Y generan seguridad, crean la ilusión de haber desterrado la incertidumbre. La fe, por su parte, se origina en la intuición de que existe una verdad, y quienes tienen fe están dispuestos a aceptar esa verdad bajo la forma en que esta se presente. Se abre así un horizonte amplio. Desaparecen las respuestas prefabricadas y, en lugar de adaptar la realidad a la propia visión, se trata de percibirla tal como se manifiesta. La fe, aunque suene paradójico, contiene incertidumbre, abre nuevas preguntas, estimula una actitud de búsqueda permanente, induce al ejercicio de la aceptación.
Hay un dogma de la felicidad, pero, a pesar de él, se puede tener fe en que la felicidad es posible. El dogma, como suele ocurrir, cosecha fanáticos y los enceguece. Para ellos se trata de alcanzar la felicidad como sea, y no admitirán a quien se interponga en su búsqueda o a quien haga preguntas que obliguen a replanteos. Como también suele suceder, los dogmáticos no tienen pruebas de aquello que dan como verdad revelada. No ven lo que hay ante ellos, ven lo que quieren ver. Los que tienen fe en que la felicidad es posible han razonado para llegar a esa fe, se han hecho preguntas a las que respondieron con sinceridad y, a menudo, con dolor. Han atravesado situaciones difíciles, han errado y han intentado nuevamente por otros caminos, y hablan de la felicidad que conocieron, no de la que les contaron, hablan de una experiencia, no de una doctrina.
ViVir es responder
¿Hemos nacido, entonces, para ser felices o la felicidad es una de las experiencias posibles en la vida? Si hemos nacido para ser felices, se trata de esperar y, si la revelación tarda demasiado, de reclamar. Hemos nacido para ser felices, se dirá, y lo seremos más tarde o más temprano, y mejor que sea más temprano. Pero si la felicidad es una experiencia posible aunque no obligatoria, si no nos está preadjudicada, ya no se trata de reclamarla. Podría suceder que nunca llegue a nuestras vidas, y acaso su presencia, cuando se presenta, tenga mucho que ver con que hagamos las cosas de una manera y no de otra, con que hayamos tomado ciertas decisiones y no otras, con que nuestras elecciones hayan sido las que fueron y no otras. El dogma nos deja en un estado pasivo, a la espera de algo que sí o sí nos será concedido independientemente de lo que hagamos. Bajo ese dogma, la felicidad no será una consecuencia y estará desligada, por lo tanto, de toda idea de responsabilidad. Pero si salimos del paraguas protector del dogma, acaso podamos establecer una conexión entre la felicidad percibida y una manera de vivir. Es decir, entre causa y consecuencia. La felicidad no vendrá de alguna parte (o de ninguna), no nos será dada porque sí, o porque fuimos buenos. Seremos responsables de ella, de experimentarla o no en nuestras vidas.
¿Cuál es el origen de la felicidad como dogma? Volvamos a Alan Watts. En El sentido de la felicidad,(2) nos llama la atención sobre la absurda actitud humana de apreciar la juventud y desdeñar la vejez, de pretender que solo exista la alegría y no el dolor, que la vida sea independiente de la muerte y que esta sea suprimida. La vida solo puede manifestarse porque está dividida en innumerables pares de opuestos: conocemos el movimiento en contraste con la inmovilidad, lo largo por lo corto, lo claro por lo oscuro, el calor por el frío, la alegría por la tristeza. Siempre hay que repetir lo obvio porque es lo primero que olvidamos o dejamos de ver. Ver la vida en su totalidad dice Watts es entender estas cualidades opuestas como esenciales para su existencia, sin tratar de interferir, sin disecar el cuerpo del universo de modo que se puedan conservar sus porciones placenteras y desechar las que no lo son.
Los opuestos que son fundamento de la existencia no están naturalmente en lucha entre sí. Como bien lo recuerda Watts, es nuestra mente la que los pone en conflicto y los empuja a una guerra absurda, tan absurda como la que podría entablar nuestra mano derecha contra la izquierda, en el afán de eliminarse la una a la otra con el objetivo de ser la única mano del organismo. Aferrarse a la vida por temor a la muerte, obsesionarse con el placer por miedo al dolor, hacerse adicto al dinero (la riqueza) por pánico a la pobreza e inyectarse continuamente juventud (por la vía que fuere) para alejar la vejez es una manera eficaz de andar descuartizado por el mundo. La ilusión (es siempre una ilusión y jamás una realidad) de haber logrado suprimir uno de los términos de estas polaridades es una fuente de sufrimiento. En palabras de Watts: El único resultado es que a pesar de que se aferran a la vida, al placer, a la riqueza y a la juventud, tienen el sabor de la infelicidad porque, habiéndolos desmembrado para poseerlos para siempre, ya no están vivos.
Si no hay escisión posible en las polaridades, es inevitable que la muerte sea el final de la vida. Y que, también, la ennoblezca. Si la vida termina inexorablemente, lo peor que se puede hacer con ella es transitarla sin rumbo. No elegimos nacer. Nacemos. Tampoco elegimos en qué familia lo hacemos, ni en qué época de la historia, ni en qué país o continente, ni nuestro sexo, color de ojos, de pelo o de piel. Pero sí elegimos, a medida que nos desarrollamos, maduramos y adquirimos conciencia (atributo que nos hace humanos), cómo vivimos, qué hacemos de nuestra vida. Somos todos inéditos y singulares. Esto significa que no somos la repetición de nadie y que nadie puede existir por nosotros. Estas características permiten intuir que en la vida de cada individuo hay, entonces, un sentido, una razón de ser, un propósito a desentrañar.
Como cada vida es única, su sentido no puede ser descubierto por nadie más que por quien la vive. Desde esta perspectiva se puede entender lo que expresaba el médico, psiquiatra y gran pensador humanista Viktor Frankl (padre de la logoterapia, corriente terapéutica basada en la búsqueda y la comprensión del sentido existencial). Él decía que vivir es responder. Se trata de dar respuesta, a través de decisiones, elecciones y acciones a las preguntas que la vida nos hace por medio de situaciones y circunstancias. De eso trata la responsabilidad. De responder. Y una vida responsable es una vida que da respuestas. Respuestas conscientes y activas traducen lo que Frankl llamaba voluntad de sentido. Y donde se manifiesta esta voluntad, la felicidad suele ser una consecuencia.
Preguntas para responder sin atajos
Donde la voluntad de sentido está ausente, se abre un campo fértil para el dogma de la felicidad. Mientras la vida transcurre en absoluta desconexión con la idea de sentido y de trascendencia, se va instalando una sensación creciente, sorda y dolorosa (trascender es ir más allá de uno mismo, de la simple vida vegetativa que se reduce a respirar, comer, beber, dormir, aparearse, reproducirse, buscar sensaciones inmediatas y sensoriales). Esa sensación es la angustia existencial, que hunde sus raíces en el vacío de sentido. Esta angustia proviene de la conciencia que tenemos de nuestra temporalidad. Podemos acallar tal conciencia, pero no anularla. Ella nos pregunta incesante e insobornablemente: ¿para qué estás viviendo? ¿Qué te une a los otros? ¿Cómo participas y te integras a la totalidad de la que eres parte indisoluble? ¿Qué es aquello por lo cual quieres iniciar cada día de tu vida y por lo cual encuentras un sentido al final de la jornada? ¿Cómo has amado en el día de hoy, a través de qué gestos, acciones y actitudes? ¿Por qué razón, por qué pequeño acto, por qué instante de tu existencia no habrá sido lo mismo que estés o no estés en el mundo y en la vida de otros? ¿De qué manera has ido más allá de los límites de tu piel, de tus ojos, de tus manos para encontrarte con otros en acciones que dejarán el mundo un poco mejor de como lo encontraste? ¿Has podido ver más allá de tus narices? ¿Has descubierto otras presencias más allá de tu ombligo? ¿De qué manera las has honrado?
Tenemos el tiempo de una vida, la nuestra, para dar respuesta y descubrir el sentido de esa misma vida. Distraídos o ausentes, somos presa de la angustia. Ante ella, podemos responder. O podemos fugar. Buscar atajos que nos lleven lejos de las preguntas.
El dogma de la felicidad es el gran atajo. Cuando la angustia existencial asoma, cuando las respuestas se postergan (con su secuela de desasosiego e insatisfacción), se escuchan los cantos de las sirenas. Nos dicen que hay que despreocuparse de esos temas, que hay que vivir la vida, divertirse, pasarla bien, no angustiarse, pensar positivamente, luchar contra las emociones negativas, consumir lo que se ofrece sin pensar si lo necesitamos o no, priorizar los deseos por sobre las necesidades, alejarse de los amargos y pesimistas, ser optimistas. Nos ofrecen fórmulas y recetas para la felicidad. Respuestas rápidas y fáciles que nos lleven a la meta por el camino corto y, si fuera posible, sin caminar. Llegan voces engañosas que vienen a susurrarnos que la felicidad es una meta. Gurúes que, disfrazándose de santones o de filósofos, de magos o de terapeutas, nos ofrecen el maná con una sola condición: que los sigamos a ojos cerrados, sin cuestionarlos. Florecerán falsas terapias asegurándonos que, sin preguntarnos seriamente por nosotros mismos, por el sentido de nuestras vidas, por lo que hacemos con ellas podremos ser felices y no ser molestados por los otros y por su presencia, por el mundo y sus requerimientos.
Se nos ofrecerá placer y se nos tratará de convencer de que es felicidad, cuando en verdad el placer es un fin en sí mismo, que se agota una vez alcanzado y renueva de inmediato la compulsión por repetirlo, mientras la felicidad es la consecuencia del logro de otros fines y de la plasmación del sentido. Y el placer nos será ofrecido a través de relaciones sin vínculo ni compromiso, a través de estímulos materiales (muebles o inmuebles) de diferente tipo, a través de garantías de éxito y figuración social, a través de cinco segundos de inmortalidad ante una cámara fugaz, a través de un aparato electrónico o un artefacto de conexión que nos parecerán viejos a los dos minutos de habernos sentido felices por adquirirlos. Los sucedáneos de la felicidad son un gran negocio, involucran a muchas industrias, dan trabajo a miles de manipuladores de conciencias, mueven millones de dólares, son siempre transitorios y fugaces, y necesitan, para funcionar, que multitudes de infelices permanezcan angustiados y desdichados, insatisfechos y decepcionados. Son, además, un negocio inmoral porque juegan con el tiempo y la vida de las personas. Si cada uno no se hace cargo de su propia vida, esta quedará irremediablemente a merced de los mercenarios de la infelicidad.
La gente feliz es peligrosa
La promesa de la felicidad proporciona dinero y poder, según quien sea el que promete. Hay quienes buscan el dinero de los infelices; otros van por sus mentes o sus almas. Y mientras más infelices perduren, habrá mercado para todos, se trate de corporaciones, organizaciones, instituciones o gurúes individuales vestidos con el oficio o la profesión que fuere. Lo que todos ellos tienen en común, además de su absoluto desprecio por el otro como persona y la concepción de los individuos como objetos, es que instalan y fomentan la creencia de que la felicidad es un elemento externo a nosotros, algo que se gesta afuera y luego, si se consigue, se incorpora. Una suerte de artículo importado que se adquiere con dinero, con promesas, con buenas acciones, con prácticas espirituales guiadas, con cápsulas, con sustancias químicas o alcohólicas, con bisturí, con recortes, agregados y demás modificaciones corporales, con dietas mágicas, con las promesas de un oráculo, con el juramento de fidelidad a un dogma o a un profeta. Algo que llega en un auto nuevo o nos llama desde una página de Facebook, o se anuncia en alguna de las múltiples pantallas del mundo virtual en el que nos ocultamos del mundo real.
Desde esta perspectiva, la felicidad se convierte en una zanahoria inalcanzable y su promesa, en una trampa. Los tramperos necesitan que la zanahoria resulte inalcanzable y trabajan para que así sea. Un mundo de gente genuinamente feliz los dejaría sin el negocio y sin el poder. La gente feliz aprecia lo que tiene, honra lo que logra por mérito propio, vive en estado de conciencia, explora respuestas a la pregunta por el sentido de su vida y se hace cargo de las consecuencias de cada respuesta, no evita los dolores que son parte del camino, convierte los tropiezos en lecciones, crea vínculos sólidos y los sostiene en la honestidad y el compromiso emocional, no busca culpables para sus decepciones o imposibilidades, invierte tiempo, atención y afecto en el otro, prioriza lo que es por sobre lo que hace o lo que tiene, comprende a través de la experiencia que como es adentro es afuera y no al revés.
Esa gente ha aprendido a caminar sin muletas emocionales, psíquicas o espirituales, y confía en sus propios pasos. No va ciegamente detrás de alguna zanahoria y, por lo tanto, no corre el riesgo de caer en una trampa. Esa gente sabe que la felicidad verdadera no se anuncia con carteleras luminosas, no llega vestida con traje de lentejuelas, no usa maquillaje, no está envuelta en una música melosa y grandilocuente. Sabe que es una experiencia única, profunda e intransferible, que se cuece en un fuego lento y paciente, y que esa cocción no está libre de quemaduras. Antes que preguntarse dónde está la felicidad, esas personas se hacen la pregunta que, descarnadamente, se formuló Tim Robbins mientras miraba aquel techo, tumbado en aquella cama: ¿Qué me está pasando? ¿Por qué no soy feliz? Cuando salimos ansiosos a la búsqueda de la felicidad estamos preparados para que se nos ponga una zanahoria ante las narices, seremos presas fáciles de la trampa. Cuando, en cambio, nos preguntamos qué nos pasa y por qué no somos felices, planteamos un interrogante existencial. Ponemos la piedra fundamental de una tarea ineludible, la de hacernos cargo de nuestra propia vida.
Notas
1. El País Semanal, Madrid, 15 de agosto de 2010.
2. Barcelona, Ibis, 1997.
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Sergio Sinay nació en Buenos Aires en 1947. Es un reconocido especialista y consultor en vínculos humanos. Sus áreas de exploración incluyen las relaciones de pareja, la psicología del varón, los lazos entre padres e hijos y las relaciones interpersonales en sus múltiples formas y alcances. Tras una destacada trayectoria como periodista, en la que creó y dirigió importantes medios en la Argentina y en el exterior, tuvo una intensa formación y práctica en Gestalt y autoasistencia psicológica. Sus seminarios y conferencias son habituales en el país, en México, Chile, Uruguay y España, donde colabora con diversos e importantes medios e instituciones.
Fue ganador del Premio de Ensayo del diario La Nación con su trabajo El varón contemporáneo ante el fin de siglo. Entre sus obras más destacadas figuran Vivir de a dos, Misterios masculinos que las mujeres no comprenden, Las condiciones del Buen Amor, Ser padre es cosa de hombres, Hombres en la dulce espera (hacia una paternidad creativa), El amor a los 40, Guía del hombre divorciado y Gestalt para principiantes.
Como novelista ha descollado por sus novelas Ni un dólar partido por la mitad, Sombras de Broadway, Dale campeón y Es peligroso escribir de noche.
Sus obras se han traducido al inglés, francés, italiano y portugués.
Fue ganador del Premio de Ensayo del diario La Nación con su trabajo El varón contemporáneo ante el fin de siglo. Entre sus obras más destacadas figuran Vivir de a dos, Misterios masculinos que las mujeres no comprenden, Las condiciones del Buen Amor, Ser padre es cosa de hombres, Hombres en la dulce espera (hacia una paternidad creativa), El amor a los 40, Guía del hombre divorciado y Gestalt para principiantes.
Como novelista ha descollado por sus novelas Ni un dólar partido por la mitad, Sombras de Broadway, Dale campeón y Es peligroso escribir de noche.
Sus obras se han traducido al inglés, francés, italiano y portugués.
